18 septiembre 2016

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO



En este domingo mientras celebramos la preciosa Eucaristía, como cada domingo, gozábamos de estar juntos, de ser cristianos, de haber sido convocados por el Señor, para recibir a Jesús en su Palabra, en su Cuerpo y en su Sangre y en los hermanos.

Allí estaba El,  su Palabra este domingo  es dura, confronta, pero tiene una luz increíble para nuestras vidas opacas y sin sentido, nos pide cosas que nos hacen pensar: “pero Señor tu qué dices, cómo me pides que vaya en contra de lo que me pide la sociedad, el mundo, mi propio cuerpo y mi propio interés”… El Señor se atreve hoy a decirnos:” Mira tienes que optar, el Señor de tu vida es Dios, o Dios o el dinero, o Dios o tu egoísmo, pasando de largo y no echando cuentas del pobre,  o Dios o tu desconfianza en  la Providencia”.

Y entonces una se queda un poco tocada, porque se da cuenta de aquello que Pedro decía: “¿Entonces quién puede salvarse?” Y la respuesta de Jesús. “Para Dios nada hay imposible”.

Y me digo y le digo: Sí, yo quiero estar a su lado, aprender de él, sé que me cuesta un montón obedecerle, que me cuesta vivir solo pendiente de él, pero quiero estar a su lado porque solo en el encuentro Palabras verdaderas, luz para mi camino, y la esencia y el sentido de mi corazón.

Él se hizo pobre y pobre quiso aparecer en el mundo “para enriquecernos precisamente con su pobreza”, seguro que si esto se nos graba en el corazón con su Espíritu, también nuestra pobreza enriquecería a muchos hermanos, que hoy en día están sufriendo, precisamente por la injusticia que cometemos los que somos ricos, porque yo tengo lo que a ellos le corresponde.

Pensamos que a Dios no le importa o Dios no lo ve y a Dios Padre le duele profundamente la injusticia, que estamos cometiendo a cada momento con el pobre, veamos como el profeta Amos  en la primera lectura nos dice: “Escuchad esto, los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables,… Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones”.

Pedimos hoy por todos los hombres y mujeres de nuestro mundo, para  que su corazón se mueva a la verdadera justicia equitativa y al reconocimiento del derecho a tener los bienes necesarios para poder vivir.

Oración: Oh Dios, que has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo, concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amen.

11 septiembre 2016

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


LITURGIA DE LA PALABRA

Este domingo las lecturas nos llevan hacia la experiencia del amor gratuito de Dios. El Señor se conmueve ante la fe y la confianza de Moisés y la petición de misericordia para su pueblo Israel, el Señor se enternece Moisés toca su corazón, le habla de su amor y su misericordia para con, su pueblo y el Señor desiste de aniquilar a su pueblo.

En el Evangelio Jesús en sus parábolas nos habla del Padre misericordioso, de la oveja perdida y buscada  hasta que la encuentra y de la moneda que se pierde y se levanta una casa entera para buscarla.

Nos habla del derroche de gracia por parte del Padre para con nosotros. No nos merecemos que nos ame, que nos busque, que nos perdone, ¡no!, y tampoco nosotros conseguimos que nos perdone, porque nos arrepentimos o porque le buscamos ¡no!

Es el Señor el que nos busca, nos perdona, se desvive por nosotros y su amor es lo que nos hace criaturas nuevas, nos hace hijos de El.

Somos sus hijos porque nos ha amado primero y gratuitamente. Con esto no digo que vivamos ilusamente sin echar cuentas del mal, sino que la gracia haga etre nosotros el milagro de percibir que hemos sido perdonados por gracia de Dios y que la ética del reino de Dios nos pide, ser misericordiosos como el Padre, es decir aprender a mirar a la persona por encima del bien y del mal sino desde su ser persona.

Jesús al hablarnos del Padre y muriendo por nuestros pecados ha dejado al descubierto el corazón del Padre en su desbordamiento incompresible de gracia.

Pidamos le al Señor en este domingo poder experimentar esa gratuidad de su amor para poder ser misericordiosos como el Padre.

Pedimos al Señor por todos los niños y jóvenes que en estos días comienzan el curso escolar o
universitario, para que sean conscientes de su responsabilidad y su trabajo mirando una construcción justa de nuestra sociedad y trabajando por los verdaderos valores de la persona.

Oración: Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amen.

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