14 agosto 2016

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO



Las lecturas de este domingo son de esas que nos cuesta hacer nuestra meditación, porque no nos hablan de gratificaciones ni de buenos momentos, no Jeremías nos habla de lo que conlleva ser fiel y obediente a lo que le Señor le pide, y Jesús en la misma línea: su obediencia le lleva a exclamar: he venido a traer fuego a la tierra y cuanto deseo que ya esté ardiendo. Para  que llegue este momento, El llegará al Amor más grande: Pasión y muerte.

Vamos a leer este texto desde la Pasión que siente nuestro Dios por nosotros, Pasión que desde que Dios decide hacer camino con su pueblo y comunicarse con él, no dejamos de ver en la historia de la Salvación. Dios ama apasionadamente a su pueblo, todo esto lo lleva a enviar a su Hijo, para que su Hijo comunique ese Fuego, esa pasión que siente por nosotros. Nosotros nos esforzamos en ganarnos a Dios con nuestras prácticas religiosas que no está mal pero que si nos quedamos solo en esto no hablamos de ese fuego y de esa pasión.

Que distinto sería que el Señor pudiera ver que estamos ardiendo y que nuestro corazón arde al recibir ese fuego de su amor, esa Pasión desproporcionada del Amor que siente por nosotros.

Si nos atreviéramos a vivir desde esa relación con El, si nos atreviéramos a vivir desde la Fe sabiendo que Él está vivo y que solamente tengo que hacer una Acto de fe y ponerme  en su presencia y acoger su presencia. Si nos atreviéramos a tener una relación con EL desde el corazón como amante con amado, entonces el amor sería el que totalizaría nuestra existencia y este mundo podría cambiar. 

Pedimos al Señor ilusión y alegía por la vida y para que nos de fuerzas para transmitir esta ilusión y alegría que el nos concede.

Oremos: Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amen.

11 agosto 2016

SANTA CLARA DE ASÍS



Clara de Asís es como el horizonte: cuanto más te acercas pretendiendo alcanzarlo, más se aleja, más se ensancha y más atrae; más invita a desear aprehenderlo, aun a sabiendas de que es imposible atraparlo. Pero si te detienes a contemplar, sin prisas y sin ansias, despliega ante tus propios ojos un paisaje fascinante, lleno de matices, ricos en su sobriedad, grandiosos en su sencillez.
            
Clara, amiga de la soledad y hermana de la ciudad, fue mujer rica en relaciones; centrada en Jesucristo, pero abierta a todos los seres humanos y a creación entera. Mujer fecunda en hijos e hijas espirituales, junto con su hermano Francisco de Asís, a lo largo de ochocientos años.
Un año más contemplamos juntos este horizonte que es Clara, y lo hacemos en este “San Damián” que es nuestro convento, pequeña casa de Santa Clara, en esta bella ciudad de Belalcázar, que será nuestro “Asís”.
Y, al igual que el horizonte atrae porque remite y apunta siempre a lo que hay detrás de él, Clara atrae porque toda ella remite y señala al amor absoluto de su vida: Jesucristo. En este pequeño “San Damián de Belalcázar”, de manera un poco similar a aquel 11 de agosto de 1253, un pequeño grupo de hermanos y hermanas –frailes, monjas, franciscanos seglares, gentes del pueblo- rodeamos a Clara para acompañarla en su abrazo definitivo con su amor, Jesucristo. Y nos sentimos invitados por ella misma a exclamar jubilosamente con ella: “Gracias, Señor, porque me creaste”.
Gracias, Señor, por el hermoso don de la vida, por la vida que nos has dado, por la vida y riqueza de la hermana Clara.




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